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Movilización sin proyecto nacional

2025-03-31

Marzo se confirma una vez más como un mes de movilización en Paraguay. El campo popular, especialmente las bases campesinas junto a otros sectores, vuelve a ocupar las calles en defensa de sus demandas históricas. El limite principal de esta movilización legítima es una dirigencia que gira en círculos sin ofrecer un horizonte claro. Las expresiones políticas que asumen estas demandas como suyas, sin distinción de siglas, vuelven a jugar su rol conocido: agitar sin proyecto superador, confrontar sin proyecto nacional.

Día a día vemos cómo la agenda pública evade las cuestiones fundamentales de una nación que sigue atrapada en la dependencia estructural. Esta condición en la que se encuentra el Paraguay tiene larga data: viene desde el desenlace de la Guerra Grande de 1870, lo que no quiere decir que sea una condición irreversible.

Actualmente, los actores políticos funcionan como si dicha condición fuera eterna. Los debates giran alrededor de reformas marginales o de los temas de la agenda electoral, pero no se discuten los puntos nodales de un programa de avance económico y social que vuelva a poner al Paraguay en el camino y el ritmo del desarrollo independiente.

Un proyecto nacional serio debería asumir con seriedad la recuperación de los recursos estratégicos y una reforma agraria real. Debería también contribuir a reconstruir una base productiva nacional que supere el rol subordinado, de exportador primario y apuntar a refundar un Estado capaz de dirigir la energía social por el rumbo del desarrollo económico y social amplio y acelerado. Lo que llevaría indefectiblemente a revisar la inserción internacional del Paraguay, hoy supeditado en su política económica y exterior a los intereses del gran capital.

Oposición formal

Sin embargo, el campo político actual carece no solo de capacidad, sino, en muchos casos, de voluntad para impulsar estas transformaciones. La oposición formal está estructuralmente limitada, no posee autonomía económica ni política frente al capital internacional ni frente a las oligarquías internas. En no pocos casos, se halla subordinada a intereses extranjeros que le hacen reproducir posiciones políticas totalmente desconectadas de la realidad nacional. Además, carece de una estrategia real de poder: su horizonte es la negociación electoral, la contención del descontento y la idealización del Estado como fuente de derechos, en su mayoría abstractos. En última instancia, funciona como una pieza subordinada del bloque dominante, reciclando discursos que no alteran en absoluto la realidad objetiva.

Como consecuencia de esta limitación estructural, el debate público se empobrece: se administra la crisis, se ofrecen promesas limitadas y se reitera el oportunismo electoral. Mientras tanto, la soberanía, como tarea histórica de fondo, permanece excluida del horizonte político real o se convierte en un eslogan de campaña vaciado totalmente de su contenido político.

Quienes hoy declaran públicamente representar un proyecto de cambio carecen de legitimidad, fuerza orgánica y capacidad de construir hegemonía. Por eso, un programa de desarrollo y soberanía nacional sigue siendo una consigna vacía, y no el resultado estratégico de un proceso histórico en marcha.

Fuerzas en movimiento

La movilización del 25, 26 y 27 de marzo marcó un punto importante. Lo más importante es que, por primera vez después de varios años, el campesinado en conjunto volvió a las calles con consignas propias y con una presencia territorial significativa.

Presionados por una crisis económica prolongada y el retorno a un Estado cuya naturaleza coercitiva se vuelve nuevamente predominante, distintos sectores campesinos se movilizan en bloque más allá de sus divisiones internas.

No fue una expresión marginal ni una reacción dispersa: fue una acción colectiva con contenido político propio, que logró instalar nuevamente en la escena pública el problema central del latifundio en el Paraguay.

Que las divisiones existan no es novedad; son reflejo de un viejo problema: el sectarismo de los cacicazgos, que anteponen el control de grupo restringido a la consolidación de un programa común.

Aunque las consignas fueron en su mayoría generales y dispersas —con referencias a las injusticias, a la reforma agraria, a la falta de servicios o a la inoperancia del gobierno—, lo que está en juego en esta movilización va mucho más allá.

El hecho de que el campesinado vuelva a las calles, en este contexto, expresa con claridad el conflicto estructural del país: el avance del latifundio y la concentración de tierras como problema de primer orden. Aunque la palabra no siempre lo diga, la expresión concreta de la marcha lo enuncia: la cuestión de fondo está ahí, desplazada en el discurso, pero presente en la manifestación política.

Y es precisamente ese el desafío a superar. Además de movilizarse, el campesinado debe avanzar sobre su propia dirigencia, que ha reducido la lucha a una lógica economicista y corporativa, centrada en pequeñas conquistas de tierras o en asistencialismos estatales. Todavía falta un salto cualitativo que apunte a la disputa del poder. Romper el cerco de la marginalidad política para determinar el rumbo estratégico del país.

Los partidos formales

Junto a esta irrupción popular, hubo también una gran convocatoria por parte de los partidos habitualmente llamados “de oposición”, que lograron canalizar parcialmente el desánimo generalizado luego de las elecciones generales del año pasado.

Esto reactivó un entusiasmo público de ciertos sectores; hay una percepción renovada de posibilidad, un clima anímico distinto. El respaldo popular recibido no es menor: expresa un deseo acumulado de cambio y un potencial de reorganización desde abajo.

Sin embargo, ese impulso choca de inmediato con una limitación concreta: no hay liderazgo con peso político suficiente ni cohesión organizativa capaz de traducir la movilización en dirección estratégica. El entusiasmo puede existir, pero no encuentra una conducción que lo proyecte más allá de la efervescencia del momento o de los proyectos de tipo personalistas.

El escenario no es de derrota ni de parálisis. Las fuerzas populares conservan vitalidad, capacidad de lucha y presencia territorial, y esto se renueva permanentemente al ritmo de las contradicciones propias del sistema económico del Paraguay.

Lo que está en juego no es la disposición a movilizarse, sino la posibilidad de que esa movilización construya desde sí misma una dirección con horizonte estratégico.

Tendencias en curso

En el corto plazo, la coyuntura estará marcada por tres dinámicas principales. Por un lado, la movilización social persistirá, impulsada por la presión material que recae con mayor peso sobre las poblaciones indígenas, el campesinado y trabajadores precarizados.

Por otro lado, los partidos formales seguirán operando como límite, canalizando la energía social sin ofrecer una alternativa política real.

Finalmente, el bloque político que actualmente sostiene la hegemonía del sistema -colorados, liberales y el llamado “tercer espacio”- sigue buscando su reacomodo sin alterar la correlación de fuerzas.

En el mediano plazo, la contradicción entre la movilización social y la falta de un proyecto nacional tenderá a agudizarse. Tarde o temprano, la dinámica de la realidad exigirá el protagonismo de un liderazgo social renovado, con la legitimidad que requiere ser portadores de un proyecto de cambio y que no se limite a administrar la protesta, sino que le permita desarrollarse como fuerza política capaz de disputar el poder.

La cuestión sigue abierta: ¿habrá quienes tengan la capacidad de construir ese proyecto? ¿O la movilización seguirá repitiéndose, atrapada en una estructura que posterga generación tras generación la construcción de un proyecto político que conduzca a las grandes mayorías del Paraguay hacia un futuro bienestar amplio y duradero?


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